Durante décadas, una idea se instaló en el imaginario colectivo y, en ocasiones, también en el discurso sanitario: beber pequeñas cantidades de alcohol, especialmente vino, podría ser bueno para la salud cardiovascular. La famosa “copa de vino al día” llegó a considerarse casi una recomendación de salud. Esto ya lo rebatió hace años mi admirado Julio Basulto con un video que colgamos en el blog: Salud y Prevención PAPPS: ¿Es sana esa "copita de vino" diaria?.
Sin
embargo, la evidencia científica sobre alcohol y salud continúa evolucionando
y, en las últimas semanas, se han publicado dos importantes trabajos que
obligan a replantear algunas de las creencias más extendidas sobre este tema.
Por un
lado, el estudio Health effects associated with alcohol consumption: a
Burden of Proof study, publicado en Nature Health, revisa de forma
sistemática la relación entre el consumo de alcohol y veinte problemas de salud
diferentes. Sus resultados muestran que el alcohol aumenta el riesgo de
numerosos cánceres —incluidos cánceres de mama, colon y recto, cavidad oral,
faringe, esófago e hígado— así como de cirrosis, pancreatitis y fibrilación
auricular. Sin embargo, también encuentra asociaciones aparentemente
protectoras para algunas enfermedades, como la cardiopatía isquémica, determinados
tipos de ictus, la diabetes tipo 2 o algunas demencias cuando el consumo es
bajo o moderado. Los autores concluyen que puede existir una
reducción del riesgo para algunos resultados concretos a niveles bajos o
moderados de consumo, aunque reconocen que estas asociaciones son inciertas y
pueden estar afectadas por confusión residual. Su mensaje final es
prudente: Los posibles beneficios observados para algunas enfermedades deben
sopesarse frente a los riesgos claramente establecidos para cáncer y otras
patologías
Pocos
días después se publicó el Alcohol Intake and Health Study, un amplio
análisis impulsado por un panel de expertos estadounidenses. Sus conclusiones
son llamativas: no observa ningún efecto protector neto del alcohol sobre la
salud y encuentra que los riesgos de enfermedad y mortalidad aumentan desde
niveles relativamente bajos de consumo. Según este estudio, incluso cantidades
consideradas socialmente “moderadas” se asocian con un incremento del riesgo
acumulado de muerte atribuible al alcohol. Con más de 6-7 bebidas por
semana ya se supera un riesgo de muerte atribuible al alcohol de 1 por cada
1.000 personas. Con más de 8-9 bebidas por semana el riesgo supera 1 por cada
100 personas. Con 14 bebidas semanales (el antiguo límite recomendado de bajo riesgo
para hombres en EE. UU.) el riesgo de una muerte causada por el alcohol alcanza
aproximadamente 1 de cada 25 personas.
¿Significa
esto que ambos estudios se contradicen?
No
necesariamente.
La
clave está en la pregunta que intenta responder cada uno. El estudio de Nature
Health analiza enfermedades concretas y evalúa si el alcohol puede
asociarse con un mayor o menor riesgo para cada una de ellas. El estudio
estadounidense, en cambio, intenta responder a una cuestión diferente: ¿Qué
ocurre cuando sumamos todos los efectos del alcohol sobre la salud?
Y aquí
aparece una idea fundamental. Aunque el consumo bajo pueda asociarse con un
menor riesgo de algunas enfermedades cardiovasculares o metabólicas, esos
posibles beneficios deben ponerse en la balanza junto con el aumento del riesgo
de cáncer, enfermedades hepáticas, lesiones, accidentes y otras causas de
enfermedad y muerte. Cuando se realiza este balance global, los beneficios
potenciales parecen diluirse.
Además,
ambos trabajos recuerdan una limitación importante de la investigación
observacional. Las personas que consumen pequeñas cantidades de alcohol suelen
diferenciarse de quienes no beben en muchos otros aspectos: nivel
socioeconómico, alimentación, actividad física, relaciones sociales o estado de
salud previo. Aunque los estudios intentan corregir estos factores, siempre
existe la posibilidad de que parte del supuesto efecto protector no se deba al
alcohol, sino a estas diferencias.
La consecuencia práctica para profesionales sanitarios y población general es cada vez más clara. Hoy sabemos que no existe un nivel de consumo de alcohol libre de riesgo para el cáncer. “La ciencia está clara: las políticas ‘inteligentes’ sobre el alcohol pueden prevenir el cáncer”. También sabemos que los beneficios cardiovasculares observados en algunos estudios son modestos, inciertos y probablemente menores de lo que se pensaba hace unos años. El mito de la protección cardiovascular del consumo de alcohol
Por
ello, resulta difícil justificar recomendaciones sanitarias que animen a
iniciar o mantener el consumo de alcohol por motivos de salud. Quien no bebe no
tiene ninguna razón médica para empezar a hacerlo. Y quien bebe debería conocer
que incluso consumos considerados moderados implican un cierto grado de riesgo.
Quizá
la pregunta ya no sea si existe una cantidad de alcohol beneficiosa para la
salud. La pregunta relevante es otra: ¿Cuánto riesgo estamos dispuestos a
aceptar por cada copa que bebemos?
La
evidencia más reciente apunta a que, desde el punto de vista de la salud,
cuanto menos alcohol, mejor.
Paco Camarelles








