Cada
vez que se plantea una nueva regulación del tabaco reaparece el mismo
argumento: "la libertad está en peligro". Se afirma que el
Estado avanza hacia un modelo prohibicionista y que se restringen derechos
individuales.
Como
médicos de familia creemos que conviene no confundir la regulación de un
producto que causa enfermedad, discapacidad y muerte con un supuesto ataque a
las libertades. La protección de la salud pública no es incompatible con la
libertad; al contrario, es una condición necesaria para que esa libertad pueda
ejercerse en igualdad de oportunidades.
Durante
más de un siglo, el consumo de tabaco se ha normalizado. El desconocimiento de
sus efectos, la influencia de la industria tabaquera, las costumbres sociales y
la ausencia de políticas preventivas hicieron que fumar cuando uno quisiera,
donde quisiera y delante de quien quisiera se considerara un derecho
prácticamente incuestionable.
Hoy
la evidencia científica es abrumadora. Sabemos que el tabaco provoca más de 50.000
muertes al año en España, además de una enorme carga de enfermedad,
discapacidad y costes sociales y sanitarios. Sabemos también que el humo
ambiental perjudica a quienes no han elegido fumar y que la nicotina es una de
las sustancias con mayor capacidad adictiva.
Por
ello, el Proyecto de Ley del Tabaco, aprobado por el Consejo de
Ministros este mes de julio, pretende ampliar los espacios libres de humo,
reforzar la protección de los menores y equiparar el uso de cigarrillos
electrónicos y otros dispositivos de nicotina a las restricciones ya existentes
para el tabaco convencional. No se trata de prohibir, sino de proteger. NP Ley Tabaco.
Pero existe otro aspecto del debate del que se habla mucho menos: el tabaquismo es una de las mayores causas de desigualdad en salud. Fumar no afecta por igual a toda la población. En España, la prevalencia de fumadores diarios es del 20,0 % entre directivos y profesionales con mayor nivel educativo, mientras que asciende hasta el 33,6 % entre la clase trabajadora no cualificada. El tabaco no solo mata más; también golpea con mayor intensidad a quienes disponen de menos recursos.
Lo
mismo ocurre entre los adolescentes. Los jóvenes cuyos padres tienen estudios
universitarios comienzan a fumar con mucha menor frecuencia que aquellos
procedentes de entornos socioeconómicos desfavorecidos. Diversos estudios
muestran que crecer en un contexto de menor nivel socioeconómico puede
multiplicar por tres el riesgo de iniciarse en el consumo de tabaco.
Los datos de la encuesta ESTUDES muestran que el consumo de tabaco es más frecuente entre los estudiantes con peor rendimiento académico, que han repetido curso o presentan mayor absentismo escolar, lo que pone de manifiesto la estrecha relación entre el tabaquismo y la vulnerabilidad educativa y social. A ello se suma la presión del grupo de iguales, principal detonante de la primera calada, especialmente en entornos donde la prevalencia de fumadores es elevada.
Por
eso, cuando algunos invocan la "libertad" para oponerse a las
políticas de control del tabaco, conviene preguntarse de qué libertad estamos
hablando.
- ¿De la libertad de disponer de apoyo psicológico para afrontar el estrés sin recurrir a una adicción?
- ¿De la libertad de poder ofrecer a nuestros hijos actividades educativas, deportivas o culturales que reduzcan la influencia del grupo y favorezcan hábitos saludables?
- ¿De la libertad de contar con tiempo y recursos para acompañar a los hijos en su desarrollo personal y académico?
- ¿De la libertad de vivir en barrios donde fumar no sea la norma social?
- ¿De la libertad de disponer de recursos económicos para acceder a programas de cesación, alimentación saludable o actividad física?
- ¿De la libertad de crecer en una familia con estabilidad económica, oportunidades educativas y modelos saludables?
- ¿De la libertad de no abandonar los estudios por dificultades económicas?
- ¿De la libertad de llegar a fin de mes sin que el estrés económico se convierta en un factor que favorezca el consumo de tabaco?
- ¿De la libertad de que nuestros niños no respiren humo en parques, terrazas o espacios de ocio?
- ¿De la libertad de que los adolescentes no aprendan que fumar forma parte de la vida adulta simplemente porque lo observan cada día?
La realidad es que la libertad no consiste únicamente en poder elegir. La verdadera libertad exige disponer de las mismas oportunidades para elegir bien. Las políticas de prevención del tabaquismo no eliminan libertades. Reducen desigualdades. Protegen especialmente a quienes tienen más dificultades para escapar de la adicción y a quienes nunca han elegido exponerse al humo del tabaco.
Quizá la pregunta no sea si la nueva ley limita la libertad. La verdadera pregunta es otra:
¿A
quién beneficia realmente que todo siga igual?
Asensio López Santiago. Coordinador del PAPPS de semFYC

No hay comentarios:
Publicar un comentario